
En un estante de una vieja juguetería, del tiempo en el que no existían ni los centros comerciales ni el Toysarus, había un sombrero dorado, en un paquete de papel que impedía que se viera bien. El dueño de la tienda había intentado venderlo de todas las maneras posibles: lo había colocado a la entrada de la tienda, en el escaparate, lo había puesto en oferta... No había manera de venderlo. Un día entró por la puerta un señor que quería comprar un regalo a su hija, que se iba a una fiesta de disfraces a casa de su amiga Irene.
El dueño vió la ocasión perfecta y le ofreció el sombrero dorado. El señor, que era el padre de Blanca, observó que el papel que lo envolvía estaba bastante estropeado, y no se lo quería llevar. El vendedor le quitó la envoltura y lo vió. Era un sombrero de vaquero, pero cubierto de lentejuelas doradas, super brillante. Desprendía algo especial. Por fin, lo compró y lo llevó a casa.
Blanca estaba estudiando, y estaba bastante enfadada, porque no le salían las multiplicaciones, y se estaba cansando. Su padre llegó a casa y dejó de estudiar Cuando le dió el sombrero no le gustó mucho, aunque le dijo a su padre que era muy bonito. Lo colgó en su armario y siguió estudiando.
El domingo llegó a casa de Irene a la fiesta de disfraces. Era una casa muy divertida, y además, estaban todas sus amigas. Se disfrazaron de muchas cosas y lo pasaron muy bien, bailaron, cantaron. Blanca notaba algo raro cuando se ponía el sombrero dorado, era la que mejor cantaba, incluso en inglés, y se le ocurrían muchos juegos, pasos de baile y canciones.
Al final la fiesta se acabó, volvió a casa y guardó el sombrero.
El Lunes cuando volvió del colegio, se sentó a hacer las multiplicaciones. Otra vez le costaba mucho, no le gustaba nada. Se acordó de los bailes y los juegos, y se puso el sombrero. En ese momento ocurrió algo extraordinario. De repente, al ver el papel de las multiplicaciones, vió cómo en su cabeza estaban ya hechas. Cogió el lápiz, y en diez segundos rellenó cuatro hojas de multiplicaciones. Es más, hizo una redacción de clase de lengua en cinco segundos, y un dibujo, que le salíó perfecto en otros cinco.
¡Ya entendía porqué jugaba, bailaba y cantaba tan bien con el sombrero! ¡¡¡era mágico!!!.
Cuando se lo dijo a su hermano Pablo, no le hizo caso, ni Gonzalo, ni su madre, ni su padre. Creían que estaba loca. Sin embargo, al día siguiente, Pablo estaba haciendo sus deberes, y sin decir nada a nadie, cogió el sombrero. ¡Se dió cuenta de que era verdad! Así, uno a uno, toda la familia se dió cuenta de que el sombrero funcionaba.
Un día, vieron que al sombrero se le despegaba una etiqueta. Blanca la guardó como recuerdo en el cajón de su mesilla.
No podían pasar sin el sombrero, todos los de la casa lo utilizaban. Incluso Alvaro, el padre de Blanca se lo llevaba al trabajo. Un día, cuando volvía a casa en el Tranvía, se le olvidó una bolsa en la que lo llevaba. Cuando llegó a casa hubo una gran tragedia. Todos fueron a la estación para ver si alguien lo había devuelto, pero no apareció. Todos estaban muy tristes, especialmente Alvaro, que pensaba que era un desastre. Blanca se acordó de la etiqueta, y se lo dijo a sus padres. La leyeron y ponía "diseño experimental de Juguetes Rico, Ibi".

Como eran amigos del Capitán Moro, fueron a Ibi, y les acompañó a Juguetes Rico. Por culpa de los juguetes chinos, la fábrica estaba cerrada. Ahora era donde las comparsas de Moros y Cristianos se reunían para la fiesta. Todos quedaron muy chafados, pero el Capitán recordó que un conocido suyo, Vicente Sogorb, trabajaba diseñando juguetes en la fábrica. Les dijo que creía que viviía en una casa apartada en las montañas de Castalla, cerca del Chorret del Catí. Todos fueron a buscarla, preguntando en todas las casas que veían. Cuando ya estaban a punto de abandonar, Gonzalo, (que era el más persistente) vió una casa escondida entre los pinos de una montaña a lo lejos, a la que sólo se podía subir por un camino de tierra. Agotados, llegaron a la puerta. La casa estaba muy vieja, y tenía aspecto de no vivir nadie. Cuando llamaron a la puerta, ésta se abrió sola. El interior era un espectáculo. Estaba lleno de los juguetes y los inventos más extraordinarios que nadie había podido ver nunca. Coches de juguete espectaculares, instrumentos de música que tocaban solos, muñecas que parecían vivas, juegos de mesa animados, ¡increíble!.
Al fondo, había un señor mayor, que les dijo con un fuerte acento valenciano, "pasad, niños, ya os he visto desde el visor especial". Cuando le vieron, tenía algo conocido en su cabeza, era un sombrero dorado muy viejo y estropeado. Les contó que lo había diseñado él, y que sólo funcionaba en algunas personas, en las que creían que el mejor juego es la imaginación. Les contó cómo desde que tuvieron que cerrar la mejor fábrica de juguetes que había habido por culpa de los juguetes sin imaginación y las videoconsolas, se había retirado allí, alejado de todo, a diseñar juguetes sólo para él, y que el sombrero que el descubrió le ayudaba. El sombrero estaba cubierto con una pintura hecha con mezcla de hierbas que crecían sólo en la cima del Maigmó, que le daban su carácter mágico.
Como casi nadie conocía su secreto, les dijo que no lo podían contar, pero a cambio que les dejaría cualquier juguete que les gustara, y le podían visitar cuando quisieran. Les explicó que el sombrero dorado sólo se podía usar para jugar, porque si no era peligroso.
Al final, les regaló un sombrero con la condición pactada, y desde entonces tuvieron un amigo mágico.
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