domingo, 17 de febrero de 2008

La lámpara de cristal


En el cuarto de estar de nuestra casa, hay una lámpara que da muy poca luz, tiene una bombilla de esas de casquillo pequeño, y tiene muchos cristales.

Un día, Blanca le preguntó a su padre:
¿Por qué tenemos esa lámpara, si no da mucha luz?
Su padre le contestó:
- Estaba en la casa cuando la compramos, y como era bonita, la dejamos.

Pablo, después de oir a su hermana, se puso a investigar la lámpara. Se subió en una silla y de cerca, observó los cristales. Cuando estaba subido, su hermana encendió la luz, y de repente, a través de los cristales, mirando desde cerca, veía cosas, como en una televisión muy pequeñita.

¡Blanca mira!, le dijo a su hermana. ¡sube aquí!

Los dos subidos en la silla (con bastante riesgo de pegarse un trompazo) miraban en los cristalitos. Su padre entró en la habitación y les dijo:

- ¡Os váis a caer! ¡Bajad de ahí!.

Los niños le dijeron a la vez: ¡Mira Papá! ¡A través de los cristales!, y le explicaron lo que veían cada uno.

Su padre pensó que se lo estaban imaginando, pero cuando se acercó se dió cuenta que era verdad. Decidió añadir un cable más largo a la lámpara, para poder observarla sin subirse a ninguna silla. Encontraron en un cajón una lupa grande, antigua, y se pusieron los tres a mirar esas figuritas. Ante su sorpresa, cada uno veía una cosa distinta.

Pablo se veía a sí mismo jugando partidos de fútbol en los que metía goles sin parar, Blanca a sus amigas y ella jugando y riéndose y su Padre veía países lejanos y comidas exóticas. Se miraron los tres y se dieron cuenta que por los cristales de la lámpara se veía lo que a uno más le gustaba. Lo que pasaba era que como los cristales eran pequeños, no se veía muy enfocado.

Investigando, en uno de los cristales vieron una pequeña inscripción, algo grabado. Con la lupa que tenían no podían leerlo. Pablo tuvo una idea. Le dijo a su padre que lo desmontara y lo llevaran al relojero que hay detrás del edificio de Hacienda, que tenía una lupa mucho más potente. Pablo había visto trabajar a éste señor que arreglaba relojes de los buenos, de maquinaria de verdad, y no de esos de pila que no tienen alma.

Dicho y hecho, desmontaron el cristal y se fueron al relojero. El señor se quedó un poco asombrado de lo que le pidieron, pero se puso la lupa en el ojo, cogió un papel y se puso a escribir sin decir nada. Les entregó un papel que decía.

"Estos cristales han sido fabricados por Vicente Picó, Ibi."

De repente, Blanca se acordó que era el señor que fabricaba juguetes en Ibi, el que tenía el sombrero dorado, y se lo contó a su padre y a su hermano. En seguida cogieron el coche y se fueron al Maigmó, a buscarle.

El Sr. Picó vivía en una casa en la montaña, rodeado de pinos, y en ella, todo lo que había lo había fabricado él. Lo conocían por causa de su sombrero dorado (tiene su propia historia que ya contaremos), y era un personaje algo estrafalario. Llamaron a su puerta, y les recibió muy amablemente.

Les explicó que los cristales que había inventado tenían la facultad de ver en ellos lo que a cada uno le gustaba más en cada momento, y siempre cosas buenas. Como habían descubierto su secreto, les fabricaría a cada uno un espejo de cuerpo entero hecho de ese cristal para poner en la parte de dentro de su armario, y así podrían, al abrirlo, ver lo que más les gustara, en grande y sin lupas.

Cumplió con su promesa, y ahora en nuestra casa, cada niño (y los mayores también) al abrir su armario puede ver lo que más les gusta, siempre que quiere, mucho mejor que la tele y que la Wii.

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