domingo, 21 de septiembre de 2008

El sombrero dorado



En un estante de una vieja juguetería, del tiempo en el que no existían ni los centros comerciales ni el Toysarus, había un sombrero dorado, en un paquete de papel que impedía que se viera bien. El dueño de la tienda había intentado venderlo de todas las maneras posibles: lo había colocado a la entrada de la tienda, en el escaparate, lo había puesto en oferta... No había manera de venderlo. Un día entró por la puerta un señor que quería comprar un regalo a su hija, que se iba a una fiesta de disfraces a casa de su amiga Irene.

El dueño vió la ocasión perfecta y le ofreció el sombrero dorado. El señor, que era el padre de Blanca, observó que el papel que lo envolvía estaba bastante estropeado, y no se lo quería llevar. El vendedor le quitó la envoltura y lo vió. Era un sombrero de vaquero, pero cubierto de lentejuelas doradas, super brillante. Desprendía algo especial. Por fin, lo compró y lo llevó a casa.

Blanca estaba estudiando, y estaba bastante enfadada, porque no le salían las multiplicaciones, y se estaba cansando. Su padre llegó a casa y dejó de estudiar Cuando le dió el sombrero no le gustó mucho, aunque le dijo a su padre que era muy bonito. Lo colgó en su armario y siguió estudiando.

El domingo llegó a casa de Irene a la fiesta de disfraces. Era una casa  muy divertida, y además, estaban todas sus amigas. Se disfrazaron de muchas cosas y lo pasaron muy bien, bailaron, cantaron. Blanca notaba algo raro cuando se ponía el sombrero dorado, era la que mejor cantaba, incluso en inglés, y se le ocurrían muchos juegos, pasos de baile y canciones.

Al final la fiesta se acabó, volvió a casa y guardó el sombrero.

El Lunes cuando volvió del colegio, se sentó a hacer las multiplicaciones. Otra vez le costaba mucho, no le gustaba nada. Se acordó de los bailes y los juegos, y se puso el sombrero. En ese momento ocurrió algo extraordinario. De repente, al ver el papel de las multiplicaciones, vió cómo en su cabeza estaban ya hechas. Cogió el lápiz, y en diez segundos rellenó cuatro hojas de multiplicaciones. Es más, hizo una redacción de clase de lengua en cinco segundos, y un dibujo, que le salíó perfecto en otros cinco. 

¡Ya entendía porqué jugaba, bailaba y cantaba tan bien con el sombrero! ¡¡¡era mágico!!!.

Cuando se lo dijo a su hermano Pablo, no le hizo caso, ni Gonzalo, ni su madre, ni su padre. Creían que estaba loca. Sin embargo, al día siguiente, Pablo estaba haciendo sus deberes, y sin decir nada a nadie, cogió el sombrero. ¡Se dió cuenta de que era verdad! Así, uno a uno, toda la familia se dió cuenta de que el sombrero funcionaba.

Un día, vieron que al sombrero se le despegaba una etiqueta. Blanca la guardó como recuerdo en el cajón de su mesilla.


No podían pasar sin el sombrero, todos los de la casa lo utilizaban. Incluso Alvaro, el padre de Blanca se lo llevaba al trabajo. Un día, cuando volvía a casa en el Tranvía, se le olvidó una bolsa en la que lo llevaba. Cuando llegó a casa hubo una gran tragedia. Todos fueron a la estación para ver si alguien lo había devuelto, pero no apareció. Todos estaban muy tristes, especialmente Alvaro, que pensaba que era un desastre. Blanca se acordó de la etiqueta, y se lo dijo a sus padres. La leyeron y ponía "diseño experimental de Juguetes Rico, Ibi".
Como eran amigos del Capitán Moro, fueron a Ibi, y les acompañó a Juguetes Rico. Por culpa de los juguetes chinos, la fábrica estaba cerrada. Ahora era donde las comparsas de Moros y Cristianos se reunían para la fiesta. Todos quedaron muy chafados, pero el Capitán recordó que un conocido suyo, Vicente Sogorb, trabajaba diseñando juguetes en la fábrica. Les dijo que creía que viviía en una casa apartada en las montañas de Castalla, cerca del Chorret del Catí. Todos fueron a buscarla, preguntando en todas las casas que veían. Cuando ya estaban a punto de abandonar, Gonzalo, (que era el más persistente) vió una casa escondida entre los pinos de una montaña a lo lejos, a la que sólo se podía subir por un camino de tierra. Agotados, llegaron a la puerta. La casa estaba muy vieja, y tenía aspecto de no vivir nadie. Cuando llamaron a la puerta, ésta se abrió sola. El interior era un espectáculo. Estaba lleno de los juguetes y los inventos más extraordinarios que nadie había podido ver nunca. Coches de juguete espectaculares, instrumentos de música que tocaban solos, muñecas que parecían vivas, juegos de mesa  animados, ¡increíble!.

Al fondo, había un señor mayor, que les dijo  con un fuerte acento valenciano, "pasad, niños, ya os he visto desde el visor especial". Cuando le vieron, tenía algo conocido en su cabeza, era un sombrero dorado muy viejo y estropeado. Les contó que lo había diseñado él, y que sólo funcionaba en algunas personas, en las que creían que el mejor juego es la imaginación. Les contó cómo desde que tuvieron que cerrar la mejor fábrica de juguetes que había habido por culpa de los juguetes sin imaginación y las videoconsolas, se había retirado allí, alejado de todo,  a diseñar juguetes sólo para él, y que el sombrero que el descubrió le ayudaba. El sombrero estaba cubierto con una pintura hecha con mezcla de hierbas que crecían sólo en la cima del Maigmó, que le daban su carácter mágico.

Como casi nadie conocía su secreto, les dijo que no lo podían contar, pero a cambio que les dejaría cualquier juguete que les gustara, y le podían visitar cuando quisieran. Les explicó que el sombrero dorado sólo se podía usar para jugar, porque si no era peligroso. 

Al final, les regaló un sombrero con la condición pactada, y desde entonces tuvieron un amigo mágico. 


domingo, 17 de febrero de 2008

La lámpara de cristal


En el cuarto de estar de nuestra casa, hay una lámpara que da muy poca luz, tiene una bombilla de esas de casquillo pequeño, y tiene muchos cristales.

Un día, Blanca le preguntó a su padre:
¿Por qué tenemos esa lámpara, si no da mucha luz?
Su padre le contestó:
- Estaba en la casa cuando la compramos, y como era bonita, la dejamos.

Pablo, después de oir a su hermana, se puso a investigar la lámpara. Se subió en una silla y de cerca, observó los cristales. Cuando estaba subido, su hermana encendió la luz, y de repente, a través de los cristales, mirando desde cerca, veía cosas, como en una televisión muy pequeñita.

¡Blanca mira!, le dijo a su hermana. ¡sube aquí!

Los dos subidos en la silla (con bastante riesgo de pegarse un trompazo) miraban en los cristalitos. Su padre entró en la habitación y les dijo:

- ¡Os váis a caer! ¡Bajad de ahí!.

Los niños le dijeron a la vez: ¡Mira Papá! ¡A través de los cristales!, y le explicaron lo que veían cada uno.

Su padre pensó que se lo estaban imaginando, pero cuando se acercó se dió cuenta que era verdad. Decidió añadir un cable más largo a la lámpara, para poder observarla sin subirse a ninguna silla. Encontraron en un cajón una lupa grande, antigua, y se pusieron los tres a mirar esas figuritas. Ante su sorpresa, cada uno veía una cosa distinta.

Pablo se veía a sí mismo jugando partidos de fútbol en los que metía goles sin parar, Blanca a sus amigas y ella jugando y riéndose y su Padre veía países lejanos y comidas exóticas. Se miraron los tres y se dieron cuenta que por los cristales de la lámpara se veía lo que a uno más le gustaba. Lo que pasaba era que como los cristales eran pequeños, no se veía muy enfocado.

Investigando, en uno de los cristales vieron una pequeña inscripción, algo grabado. Con la lupa que tenían no podían leerlo. Pablo tuvo una idea. Le dijo a su padre que lo desmontara y lo llevaran al relojero que hay detrás del edificio de Hacienda, que tenía una lupa mucho más potente. Pablo había visto trabajar a éste señor que arreglaba relojes de los buenos, de maquinaria de verdad, y no de esos de pila que no tienen alma.

Dicho y hecho, desmontaron el cristal y se fueron al relojero. El señor se quedó un poco asombrado de lo que le pidieron, pero se puso la lupa en el ojo, cogió un papel y se puso a escribir sin decir nada. Les entregó un papel que decía.

"Estos cristales han sido fabricados por Vicente Picó, Ibi."

De repente, Blanca se acordó que era el señor que fabricaba juguetes en Ibi, el que tenía el sombrero dorado, y se lo contó a su padre y a su hermano. En seguida cogieron el coche y se fueron al Maigmó, a buscarle.

El Sr. Picó vivía en una casa en la montaña, rodeado de pinos, y en ella, todo lo que había lo había fabricado él. Lo conocían por causa de su sombrero dorado (tiene su propia historia que ya contaremos), y era un personaje algo estrafalario. Llamaron a su puerta, y les recibió muy amablemente.

Les explicó que los cristales que había inventado tenían la facultad de ver en ellos lo que a cada uno le gustaba más en cada momento, y siempre cosas buenas. Como habían descubierto su secreto, les fabricaría a cada uno un espejo de cuerpo entero hecho de ese cristal para poner en la parte de dentro de su armario, y así podrían, al abrirlo, ver lo que más les gustara, en grande y sin lupas.

Cumplió con su promesa, y ahora en nuestra casa, cada niño (y los mayores también) al abrir su armario puede ver lo que más les gusta, siempre que quiere, mucho mejor que la tele y que la Wii.

domingo, 20 de enero de 2008

El Tiovivo




En el estante del cuarto de Blanca hay un Tiovivo antiguo de juguete, de madera, que está un poco roto. Un día, Blanca le preguntó a su padre que de dónde había salido, y le contestó que llevaba en su casa toda la vida, y antes en la de sus padres. En esta época de videoconsolas, nintendos DS y minijuegos, un juguete así es algo raro, y los niños no saben muy bien qué hacer con él. Tiene cuerda en la base, y si funcionase, música cuando da vueltas. Estos juguetes antiguos sólo sirven si le funciona al niño el coco, y tiene imaginación.

Pablo cogió el Tiovivo del estante, y se cayó al suelo, despanzurrándose. Cuando recogieron los trozos, dentro encontraron un papel muy antiguo doblado. Lo abrieron con mucho cuidado para no romperlo, y vieron como estaba escrito en un alfabeto extraño,

Есте югуете пертенецциó а ла Гран Дуqуеса Анастасиа, Зарина де тодас лас Русиас. Ахора виво ен Суиза, ы си енцуентрас есте папел, подрáс лоцализарме ен ла цаса де мадера qуе хаы а 5 кимометрос дел лаго де Гинебра церца де Уо.

Se quedaron todos asombrados, y Pablo dijo a su padre. ¿Papá, hemos encontrado un mensaje secreto?. Su padre les dijo que creía que estaba escrito en ruso, o en algún otro idioma eslavo, y que sí parecía algo muy antiguo. Pablo volvió a decir ¿Papá, por qué no le dices a Slava que te lo traduzca? (era un señor ruso que hablaba muy bien el español porque había estudiado en Cuba).

Así, fueron a ver a Slava, y les dijo que ese escrito decía que el juguete pertenecía a la Gran Duquesa Anastasia, Zarina de todas las rusias, y que ahora vivía en Suiza. Slava se quedó conmocionado, y muy nervioso. Cuando le preguntaron porqué, les contó que en la época de la
revolución rusa (en 1918), toda la familia del Zar (algo parecida al rey) de Rusia fue asesinada y se dice que sobrevivió sólo Anastasia, una de la hijas de Nicolás II. Desde entonces, se la ha intentado encontrar, pero nunca se ha podido. Ha habido mucha gente que ha dicho que era Anastasia, pero todas eran falsas. Este papel parecía que lo había escrito la auténtica Anastasia. Además, decía cómo encontrarla en Suiza.

Se fueron a casa, y empezaron a hablar del tema. Pablo y Blanca querían ir a Suiza a ver si la encontraban, y Gonzalo también. Al final, encontraron unos billetes de avión de Easyjet, y fueron todos a Ginebra. Alquilaron un coche (un Panda) y siguieron las indicaciones del plano. Llegaron a una casa en una montaña, era preciosa, y muy antigua, toda de madera, en un paisaje lleno de árboles, riachuelos, piedras y pájaros.

Se acercaron y llamaron a una campanita que había en la puerta. Les abrió una señora muy muy mayor, y les dejó entrar a su casa, que estaba llena de juguetes antiguos, muñecas, trenes, coches de hojalata, y ejércitos enteros de soldados de plomo. Le enseñaron a la señora el Tiovivo, el papel y le contaron la historia. La señora les reconoció que sí, que ella era Anastasia, y que se escondió en Suiza para que no la mataran los soviéticos. Les dijo que siempre había vivido como una niña, y coleccionando juguetes. El Tiovivo se lo había mandado a la Bisabuela de los niños, ya que en un viaje que hizo su bisabuelo Enrique, (que era astrónomo) a Suiza en 1940, la había conocido, y le había regalado el Tiovivo para la Abuela de Blanca, Pablo y Gonzalo.

Así la conocieron. Les contó toda la historia de su familia, y les explicó cómo los juguetes habían llenado su vida, ya que siempre había tenido que vivir escondida. Después les invitó a merendar chocolate Suizo, que estaba buenísimo. Siguieron hablando y hablando (y jugando), se hizo de noche y les hizo una cena rusa, luego durmieron allí en cuarto lleno de literas. Todos volvieron a España muy contentos de la aventura que habían vivido. A la semana de llegar a casa, les llegó un gran paquete por correo. Anastasia había seleccionado juguetes de su colección para regalar a cada uno de los tres niños. (Y dentro de los juguetes había más papeles con su nombre e historia).


¿Descubrirán los nietos de estos que son hoy niños la verdadera historia de Anastasia?




domingo, 13 de enero de 2008

Papiroflexia


Había una vez una casa con tres hermanos, que estaba llena de juguetes. Los hermanos tenían 11, 9 y 7 años, y eran dos niños (los mayores) y una niña. El cuarto de la niña estaba repleto de muñecas y de juegos, y jugaba con ellas todo el tiempo. El niño de 9 años, que se llamaba Pablo, jugaba también mucho, ya que en su casa no le dejaban estar pegado a la tele ni a la videoconsola, (no querían que se volviese tonto).

Un día, su padre descubrió que en el cuarto de Blanca (así se llamaba la niña), había una muñeca de papel muy bonita, y le preguntó que cómo la había hecho. Ella le dijo que le había enseñado una niña nueva de su clase, que era medio japonesa.

Un día en el recreo, Pablo bajó al campo se segundo, para hablar con la niña, que era hija de un japonés y una española, y se llamaba Clara Nakayama Gómez. Ella les contó que en Japón hacen unas figuras de papel que tienen la forma de casi cualquier cosa, y que es un arte muy antiguo, y que en la familia de su padre eran maestros. Que ella no sabía casi nada (los japoneses enseñan a que hay que ser siempre modesto, no hay que decir nunca que uno es guapo, no listo, aunque lo sea), pero que su abuelo, que vivía en Japón era un Maestro del Origami, que así se llama. Les invitó a ir una tarde a su casa, a merendar.

La madre de Pablo y Blanca les llevó un sábado a merendar a la casa de Clara, mientras Gonzalo (el hermano mayor) iba a jugar al tenis con su padre. Cuando llegaron a la casa se encontraron con que en ella, los muebles, los platos, los cubiertos, la televisión, el teléfono, los juguetes, todo lo que había en la casa era de papel, ¡pero funcionaba!.

Comieron unos pasteles japoneses, y la madre de Clara, que se llamaba igual, les contó que tenían un secreto en la familia, y que no lo podían contar a nadie. El abuelo de la niña era el mayor maestro de Origami de Japón, y había desarrollado tanto la técnica después de haber estudiado toda su vida. Podía construir cualquier cosa que se propusiera, de papel, y hacer que funcionara después. Si hacía un mueble, éste se volvía resistente y duro. Si hacía una televisión, luego funcionaba, y así con todo. También les dijo que su abuelo había venido sólo una vez a su casa de España, y que en una semana les había construido todos los muebles. El padre de Clara no había sido capaz de aprender Origami, pero Clara parecía que si podría, ya que ella misma se construía todos sus juguetes.

Pablo y Blanca se hicieron muy amigos de Clara, y le pedían que les enseñase sus técnicas de Papiroflexia (que así se llama en español el arte de hacer figuras de papel). Así, durante ese curso, consiguieron aprender a hacer algunas cositas de papel, pero claro, no conseguían que funcionasen.

Cuando ya llegaba el verano, ocurrió una casualidad. Su madre había mandado un cupón que llevaba un paquete de cereales, y les había tocado un viaje para toda la familia a donde quisieran. Como Clara iba a ir a Japón ese verano, insistieron e insistieron en que fueran todos a Japón, y así pasó.

Japón es muy diferente, aunque no te enteras de nada porque todo está escrito en Japonés, y no hay manera de aprenderlo en unos días. Fue un viaje fantástico, sobre todo cuando Clara les acompañó a visitar a su Abuelo, que vivía en una casa en el campo, bastante alejada de Tokyo.

Les llevó a ella un Tío de Clara, que sabía español, en un Toyota (era de verdad, no de papel). Cuando se acercaron, vieron que la propia casa era de papel, aunque estaba pintada de tal manera que hasta que no estabas al lado no te dabas cuenta. El abuelo tenía el pelo blanco, y su ropa era también de papel. Era muy educado, y aunque no sabía mucho español, se esforzaba en que le entendieran. Les contó que su familia hacía Origami desde hacía más de mil años, y que el era el gran maestro, que ninguno de sus hijos había aprendido, y que sólo tenía una nieta, Clara, que tenía aptitudes para llegar a ser maestra, pero como vivía en España era muy difícil, salvo que se trasladara a Japón. Estuvo toda la tarde enseñándoles algunos trucos, que Pablo y Blanca aprendieron como esponjas.

Cuando volvieron a su casa, estaban todo el día pensando en el viaje, pero todo pasa, y así volvieron al cole, y se dieron cuenta de que Clara no había empezado el curso. Nadie sabía nada, así que le mandaron un correo electrónico cuando llegaron a su casa, y ella les contestó que su abuelo la había convencido para ser gran Maestra de Origami, y que tenía que quedarse a vivir en Japón.



Los niños se quedaron muy tristes, y no volvieron a saber de ella más, hasta al cabo de unos años. Vieron en la tele que una chica hispano-japonesa había inventado unos coches que funcionaban sin gasolina y que eran ¡¡¡de papel!!!


miércoles, 2 de enero de 2008

Blog de Cuentos


Este nuevo blog que creamos hoy va a servir para dejar escritos algunos de los cuentos que nos inventamos por las noches en casa cuando los contamos antes de ir a dormir. Como son improvisados, puede que nos cueste mucho trabajo plasmarlos en la pantalla, pero cuando pase un tiempo y a mis hijos ya no les gusten demasiado los cuentos, si conseguimos copiarlos, pueden tener un recuerdo. La mayoría de los cuentos se basan en objetos de los que hay en casa, o en personas conocidas o supuestamente conocidas. Tiene un especial protagonismo la ciudad de Ibi, que fue el paraíso de los niños en mi infancia. recuerdo cómo mis tíos de Madrid venían a Alicante y compraban juguetes, ya que las mejores tiendas y fábricas estaban aquí.

Algunos de los cuentos son El Sombrero Dorado, La Caja de Música, La máscara de conejo, el espumillón de oro, la Torre de Babel, el Sombrero Plateado...

Ya veremos si sale algo. ¡Ah!, es un regalo de cumpleaños para Blanca, que ya tiene 7 años. Colaborará especialmente Pablo, de 9 años.